Blog del hendrix

8 enero 2009

Algunas cosas tienen que ser dichas nuevamente

Filed under: Uncategorized — elhendrix @ 12:29 pm

Posiblemente algunos –muy pocos- de los que hayan leído este título sentirán una sensación de “deja-vu”. De ellos, menos aún sabrán de que se trata: es un descarado plagio que cometo, sin vergüenza alguna, a una nota escrita por Rodolfo Walsh en marzo de 1972.

En ella, Rodolfo decía que no se consideraba ya un novelista y, sin embargo, rescataba para sí el derecho (más bien la necesidad) de reservar un espacio en su interior para esas cosas que son (pueden ser) “útiles” a los demás si se las sabe transmitir. “Si yo encontrara una forma verídica, sincera de sintetizar esa vida y esa experiencia”, escribía.

Por supuesto que lo fundamental de su frase radica en las palabras “verídica” y “sincera”. Porque en nuestro país (quiero soñar que en muchos otros sucede algo similar, aunque sea sólo por mi autorrespeto) hemos establecido una suerte de paradoja juguetona y seguramente inconsciente que nos posibilita exigirles verdad y sinceridad a nuestros dirigentes y posteriormente no darles pelota a aquellos pocos que ejercitan ambas… ¿virtudes?

Por el contrario, denostamos furiosamente a los que nos mienten y -según suponemos y declamamos a los vientos-, aprovechan esas mentiras para robarnos pero, cual gata flora estulticia y putarraca, los votamos para que siempre tengan la oportunidad del polvito del estribo.

Ese eterno “me duele pero no me la saques”, que parece ya una marca argentina tan registrada como “Es producto de la Patagonia”, se reitera y reitera en nuestra historia, lo que nos da, como es obvio, nuevas y siempre frescas oportunidades para seguir gatafloreando sin perder (creemos) la internacionalmente reconocida prestancia nacional.

Como en un TEG interminable, asistimos estoicos a una partida que se reproduce a sí misma, sin aburrirnos y siquiera permitirnos imaginar qué pasaría si pateáramos el tablero sobre el que se arraciman siempre los mismos jugadores. Con idénticos colores en sus fichas y, duele decirlo, con los mismos dados cargados que nosotros les entregamos generosamente una y otra vez, para que los arrojen y, por riguroso turno, se ganen el ¿derecho? de introducir su caballería pesada por el fondo de nuestro país.

Desde las tinieblas del pasado (que siempre es presente en nuestras vidas, diría Cortázar) rebrotan los Figuretis reclamando con aullidos un lugar en el paraíso de los medios, desde el que puedan como ayer ofrecernos leche y miel. Ya deberíamos tener claro que los sagrados alimentos vienen indefectiblemente acompañados de las siete plagas, y finalmente se transmutan en vinagre y sal, pero no.

Aparecen entonces Duhalde, Reutemann, Solá, Rodríguez Saa y etcéteras, en cada situación potencialmente electiva, asegurando como ayer que serán mañana lo que no son hoy ni fueron ayer, circundados por los eternos criticones de farsa (Carrió, López Murphy, Macri) que giran y giran alrededor del tablero aseverando que así no se puede jugar mientras intentan robar alguna fichita que les permita, a su vez, arrojar los dados.

Y aunque parezca mentira, doña, les creemos. Y comentamos sus dichos que, no por repetidos, resultan menos novedosos y no por falsos, menos agradables al oído.

Porque es irrefutable que los argentinos –sobre todo los ateos- creemos lo que queremos creer, sin importar lo que evidencian nuestros ojos. Curiosa demostración de Fe en un dios, como todos intangible, pero invariablemente nacido en un Buenos Aires que le otorga (a dios) omnipotencia e infalibilidad a través de la palabra impresa o teleescuchada.

Es curioso como mínimo que simultáneamente descreamos de aquellos que no nos han mentido nunca y, por eso mismo, ni siquiera les damos la oportunidad de hacerlo: no los votamos. Por supuesto: ¿Cómo –responsablemente- los votaríamos si no los conocemos? Es decir, no sé si queda claro: para que aceptemos conocerlos, tienen que mentirnos primero; les exigimos participar del juego, negociar, corromperse para subir hasta un podio aceptable desde el que puedan ser oídos fuerte y claro.

Y los pocos que se niegan, aquellos que sí se animan a decir cosas que nos suenan duras, intolerantes, ofensivas al oído; los que se atreven a decirnos que no basta con querer, sino que hay que pelear para obtener; los que osan batallarse con quienes no deberían son, como todos sabemos en este país eternamente bendecido por Dios, unos amargos, unos loquitos, los desaforados de siempre, los utópicos. ¿Para qué perder el tiempo escuchándolos?

¿Y dónde quedó Walsh en todo esto? En que algunas cosas deben seguir siendo y siendo dichas, en la esperanza de que alguna vez (alguna vez), las recordemos en el momento de definir a quién le damos los dados.

Enrique Gil Ibarra

5 enero 2009

La primera guerrillera argentina

Filed under: Uncategorized — elhendrix @ 12:05 pm

La semana pasada se murió Amanda Peralta. Vivía en Suecia desde hace años. Fue la primera guerrillera argentina y la única compañera que participó en la guerrilla de Taco Ralo en Tucumán.

Amanda Peralta con Ignacio Vélez, Envar El Kadri y Ramón Torres Molina.

Amanda Peralta con Ignacio Vélez, Envar El Kadri y Ramón Torres Molina.

Transcribo aquí, por cortesía de mi amigo Alberto Moya, el último reportaje que le hicieron y un fragmento del libro que Alberto está preparando:

¿En qué lugares militaste y durante qué años?

Yo milité en La Plata, empecé en 1955, a los 15-16 años. Más tarde, en 1965, me trasladé a Buenos Aires, al sur del Gran Buenos Aires: Avellaneda, el Dock, etc. Y Tucumán en el ’67-’68, naturalmente.

¿Cómo conociste a El Kadri?

Fue en el ’65 o ’66. Antes, estando en La Plata, nunca lo había visto. Creo que me lo presentó Dardo Cabo (NdR: hijo de Armando, de Avellaneda, aquel en quien Evita confió para cerrar la operación de recepción de armas enviadas desde Europa). Dardo y yo habíamos estado presos en Coordinación Federal en el ’64 y nos habíamos hecho amigos. Fue en alguna reunión que conocí a Cacho y supongo que en relación a JP o los telefónicos. Yo en esa época militaba en ARP, el grupo de John W. Cooke.

¿Cómo va surgiendo la idea de Taco Ralo? ¿Cuáles son las discusiones previas?

Por mi parte, ya hacía tiempo que andaba con la idea de organizar un foco rural. Lo había intentado antes con el grupo del Vasco Bengoechea en el cual participamos algunos de JP La Plata y también de JP Córdoba. Eso fracasó con la explosión de calle Posadas y, después, caí presa. Al salir entré en contacto con ARP siempre con la idea de armar un foco rural en Tucumán.
En el ’67, Néstor Verdinelli y yo salimos de ARP, porque no concretaban el foco rural. Lo hacían en teoría pero no tenían una práctica real para prepararlo. Ahí tomamos contacto con otros que pensaban como nosotros: David Ramos, Eduardo Moreno… Se va haciendo una cadena y entre los contactos que aparecen un día nos encontramos con Cacho y Carlitos Caride.
Nuestra “teoría” era que el único modo de iniciar un foco es iniciándolo. Es decir, dando los pasos concretos necesarios para subir al monte: conseguir dinero, armas, equipos y combatientes a través de empezar a operar aunque fuésemos dos o tres locos sueltos. Resulta que de golpe descubrimos que éramos unos cuantos los que pensábamos lo mismo.
Nos juntábamos en una casa que Verdinelli, Ramos y yo teníamos en Temperley. Ahí va madurando “la teoría de las dos patas”, que consiste en ver el foco rural y el foco urbano como igual de necesarios. La gente elegía si quería irse al monte o ser urbano. Néstor, Cacho, David y yo estábamos anotados desde el vamos al monte.
Una discusión previa importante trató de los nombres. El grupo rural se llamaría “Destacamento Montonero” y el urbano “Destacamento Descamisado”. FAP se eligió como nombre de la organización porque considerábamos importante marcar desde el vamos el carácter peronista de esa lucha e impedir maniobras macartistas de los milicos, con su discurso de combatir el comunismo, etc.
Por eso era importante que gente bien conocida y representativa del peronismo, como Cacho y otros, estuvieran en el monte. Algunos compañeros, a los que quiero mucho y que son mis amigos hasta hoy, no se integraron porque consideraron “sectario y excluyente” que nos llamáramos peronistas en el nombre.

¿Cómo transcurrió la vida en esos días del monte Tucumano?

Nos dedicamos a tratar de integrarnos entre nosotros. La gente venía de diferentes partes del país. Algunos estábamos integrados, habíamos operado juntos, etc., mientras que otros eran desconocidos. Nos dedicábamos a hacer cursos, practicar, caminar, charlar, cavar trincheras. Nada demasiado espectacular. Vivíamos en una carpa grande, hacía mucho calor de día y mucho frío de noche.

El período de cárcel luego de Taco Ralo ¿dónde lo pasaste?

-Por ser mujer, me separan de los compañeros. Ellos pasaron toda la cárcel en grupo pero yo, aislada. Para peor, el primer tiempo no había otras presas políticas así que el aislamiento era grande. Los abogados y algunos parientes cumplieron un rol enorme para que pudiéramos mantener el contacto de cárcel a cárcel.
Primero nos tuvieron en la jefatura de Policía de Tucumán. De ahí, nos llevaron en avión Hércules del Ejército, a Coordinación (Federal). De ahí nos ‘pasearon’ por diversas unidades (Federal de Ramos Mejía; Temperley; o la 2ª de Lanús, no recuerdo, alguna otra comisaría provincial por el Oeste, creo); siempre incomunicados. Estuve también en una unidad policial para mujeres en La Plata.
Al final, me llevaron a la cárcel de mujeres de Olmos y ahí me levantaron la incomunicación. Ya era noviembre. El 22 de ese mes, me acuerdo porque es mi cumpleaños, me levantaron en la noche y me trasladaron en secreto a la cárcel de San Nicolás. Ahí quedé hasta mayo de 1970, cuando el juez federal Weschler me hizo trasladar a la cárcel de mujeres de la Capital, en Humberto Iº.

Escribe Alberto Moya:

“Amanda Peralta, que venía de estar presa desde el 19 de septiembre del ’68, cuando cayó en Taco Ralo (Tucumán), ya había tenido experiencias de cárcel (en Olmos y en Humberto Iº) desde agosto del ’64 a marzo del ’65 y otro tiempo corto en Humberto Iº hacia diciembre del ’66 por la huelga portuaria.
Ya libre, se hizo cargo de la organización de las FAP en el conurbano sur y parte de la Capital. Por su postura “movimientista” de apoyo a Cámpora en las elecciones, rompió con FAP-Nacional y forma FAP-17, aunque ya pensaba que era hora de disolver las organizaciones armadas e integrarse a la lucha política.
Durante el interregno presidencial de Lastiri, operó en el sur del conurbano.
Después del golpe, en septiembre del ’76, fugó a Brasil. En agosto del ’77, fue a Suecia. Se acercaba hasta Francia a colaborar del boycot al mundial de fútbol; las marchas de los 100 artistas en Paris y en Amsterdam, los plantones de ‘Cacho’ El Kadri ante la embajada argentina todos los jueves, etc. Iba a los locales del Teatro del Soleil desde donde se organizaba lo que los militares y la revista Para Tí llamaban “la campaña antiargentina”. Le tocó estar en Argentina cuando murió El Kadri. Ahora, Amanda no quiso amargarle las fiestas a los suyos y esperó a morir un 2 de enero”.

2 enero 2009

Si, lo confieso

Filed under: Uncategorized — elhendrix @ 12:51 pm
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Reconozco que en la nochebuena siento cosas. Que hay pedacitos de magia que todavía (tal vez a mi pesar) conservo en uno de esos secretísimos rincones que poseemos los cínicos, y que quizás atesoramos, si bien vergonzosamente, por no exhibir los jirones de corazón que aún nos cuelgan de un pulmón endurecido por el humo de tabaco negro.

Tal vez sea que, cuando se acercan estos días, me asaltan la barricada las imágenes de la casa de la abuela, en la calle 8 de La Plata, con su umbroso salón (no se decía living todavía) de baldosas rojo oscuro, a donde daban los dormitorios, el baño, la cocina, y el gran comedor que se abría al fondo. Fondo inmenso para mis 6 ó 7 años, con enormes árboles frutales, el gallinero, gomeros que contaban décadas y un milagroso arroyito que lo atravesaba (y que a mí me parecía un río) en el que una vez me sumergí hasta el cuello, sin quererlo y persiguiendo a mi primita. Terrible humillación que me acosó como hasta los doce, y que fue reiteradamente narrada entre risas por mis abuelos y mis tíos, en cada ocasión apta.

Recuerdo claramente la mesa grande, como para treinta, al costado de la que se armaba la otra, más pequeña, para la docena de purretes de la generación más joven. Quisiera creer que me acuerdo, (pero sin duda es una de esas impresiones transferidas verbalmente) de mis padres y mis tíos, antes de la cena, jugando a la monedita contra la pared, y peleando como chicos, mientras todos correteábamos alrededor, sabiendo que el ganador de la contienda repartiría juiciosamente el botín entre nosotros, quienes saldríamos rápidos hacia el almacén del gallego de la esquina (que por supuesto no cerraba hasta las 11) para comprarnos las golosinas, acompañados por los alaridos de mi abuela “¡ni un caramelo antes de comer, mocosos, que no me maté cocinando para nada!”

En la cena, los chicos escuchábamos (hablar era sólo si alguien nos hablaba), pero por si piensan que esa tiranía adulta nos desagradaba, les cuento que en realidad estábamos fascinados por todos los chismes “de mayores” que, en otras ocasiones, hubieran sido objeto de veto, porque había “ropa tendida”.
A las doce se nos dejaba brindar con medio vasito de sidra. Esa la hacía mi tío del campo, que (también) tenía manzanares en sus tierras de Junín, y era un gallego que había llegado a la Argentina con una mano atrás y la otra también (¿a quién le robé esto?) y su fortuna no era producto del esfuerzo y la laboriosidad sino que se ganó DOS VECES la lotería.
No sé si la sidra era buena, pero todavía hoy sigo prefiriendo la sidra al champagne… cómo decirlo… tiene aroma de familia.

Cada una de las hijas (mis tías) y las nueras (mi madre) preparaban algún plato que mi abuela se encargaba de criticar salvajemente, pero a nadie le importaba un corno, porque de verdad que todo estaba rico siempre, y había mucho.
Porque siempre se cocinaba de más en nuestras casas. Claro, era porque se podía, pero me resultaba lindo saber que mis abuelos, en esos días, tenían siempre abierta la puerta principal, para que pudiera entrar el que quisiera. Nunca, jamás, se rechazó a nadie a la mesa, y siempre había dos o tres lugares servidos de más, porque el abuelo decía que “si llega un invitado inesperado (siempre eran “invitados”, aunque no lo estuvieran), no es de buena educación hacerlo sentir incómodo mientras se le pone el plato y los cubiertos”. Claro, el recién llegado debía sentirse esperado y bienvenido; y cosa curiosa, no recuerdo que nunca quedara un lugar vacío durante la cena.
Pasado el brindis, era el momento de los juegos (porque en mi familia los regalos se abrían el 25 a la mañana -costumbre perdida sin duda por la ansiedad mercantilista de los 90-, cuando todos volvíamos a lo de los abuelos para el vermouth que abría boca al almuerzo) y esa noche se jugaba en serio: dos mesas de póker, una de hombres y otra de mujeres jóvenes y una tercera de canasta o gin rummy para las señoras mayores. Tenía 8 años y ya había aprendido para siempre que el póker era el verdadero deporte de los reyes (a la merda con el turf).

Como a las tres de la mañana, en medio de los licores para las damas y el whisky para los caballeros (mi abuelo tomaba ginebra), llegaba la hora de la política (casi todos los tíos eran radicales de Alem y de Yrigoyen). Fue entonces cuando descubrí frases extrañas como “Revolución Libertadora”, “tirano prófugo” y “negro cabecita”, aunque era a partir de ellas que el radicalismo familiar se partía en dos, y empezaban a aparecer nombres como “Scalabrini Ortiz”, “Jauretche” y “Forja”, palabra que en ese momento no podía desvincular del trabajo de un herrero.
Esas discusiones también me maravillaban. No tengo claro si por la reyerta en sí, o porque eran las únicas noches en que los chicos teníamos “piedra libre” y nos dormíamos cuando no dábamos más, en el lugar donde caíamos, sabiendo por experiencia que la mañana nos encontraría en nuestras camas o, en su defecto, en la de algún primo vecino.

El 25 era también el día en que la tía Margot desenterraba de su placard prohibido las pilas de revistas de historietas que constituían su único vicio (además del póker, queda dicho) y nos daba permiso para leerlas “sin ajarlas, sin romperlas”, a la sombra de los gomeros, mientras de la cocina iban llegando los olores de perdición que producían mi abuela y Eva, la “criada” (y lo pongo entre comillas porque Eva era realmente huérfana, mi abuela la había criado desde bebé, y por supuesto era “como de la familia”, frase que yo pensaba cierta, aunque desde luego era un tonto inocente en esa época).

Los abuelos murieron pronto, la casa grande se vendió. Hasta mis 14 años, la familia hizo algunos intentos de permanecer reunida, pero los hermanos se fueron mudando, el país cambiaba, el golpe contra Illia había dividido las aguas, y aunque algunos primos mantuvieron vivo el gen del radicalismo furioso, otros fuimos descubriendo muy de a poco que los negros cabecitas eran simpáticos a fin de cuentas, y las fiestas de navidad no tenían el mismo sabor.
Habrá sido casualidad, pero allá por el 69 debe haber sido la última vez que la familia tuvo plenario. Un tímido intento (fracasado) de las mujeres de prohibir la política en la mesa habrá puesto en la balanza demasiados principios, no lo se.
Como es lógico, los senderos se bifurcaron y, como jardín ya no había, cada uno hizo la suya.

Nos hemos encontrado a veces, y somos diferentes. Descontando a los que se murieron de viejos, los que quedamos hoy somos gente mayor de lo que eran entonces nuestros padres, y verdaderamente nos hablamos sin comprendernos.
Sin embargo, muy de tanto en tanto tenemos los silencios, con un traguito y un cigarro y, cuando nos miramos francamente (pocas veces, un poco ladeados, con timidez de extraños) recuperamos una media sonrisa de la que no se habla. Es fugaz, es cierto, tal vez sea sólo un guiño imaginario, pero siempre logré escuchar, muy por debajo, muy suavecito, el ruido de monedas chocando contra la pared.

Saludos. Felices Fiestas

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